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Pez ciego, un aventurero geológico

EL PEZ CIEGO, UN AVENTURERO GEOLÓGICO

Hace millones de años, cuando la Península de Yucatán estaba sumergida, vivía en el océano una familia de peces llamados brotulidos, formada exclusivamente por especies de aguas marinas profundas, adaptadas perfectamente a lugares de oscuridad absoluta.

Cuando la plataforma peninsular surgió del fondo del mar, una de esas especies de brotúlidos marinos quedó «atrapada», separándose de su medio natural. Sin embargo, esta pequeña especie sobrevivió en las cuevas subterráneas de Yucatán, donde tuvo que adaptarse a una nueva vida en aguas dulces, lo que consiguió gracias al alto contenido de calcio en éstas

Conocido comúnmente como pez ciego de Yucatán (typhliasina pearsel), este aventurero geológico se convirtió, de tal forma, en la única especie de agua dulce de su familia biológica.

El pez ciego de Yucatán está incluido en las listas de especies de fauna mexicana en peligro de extinción, además de que solo habita en cenotes cerrados o cavernas, es decir, es una especie endémica.

La familia de los brotúlidos se caracteriza por algo muy peculiar; no tiene sentido de la vista y tampoco tienen coloración, condiciones debido a su vida cavernícola.

En 1936, el Dr. A. S Pearse, investigador estadounidense del Instituto Carnegie de Washington, encontró por primera vez en la región que abarca Centroamérica y la Península de Yucatán a dos especies de peces ciegos, que viven en los cenotes. Uno de ellos era precisamente este pez ciego, el otro, la anguila ciega (ophisternop infernalis).

«El redescubrimiento de Yucatán en anécdotas sencillas», obra del desaparecido investigador yucateco Alfredo Barrera Vásquez, señala que sólo en Cuba se conocía este tipo de peces. El de Yucatán se encontró por primera vez en el cenote de Balancanché y el ejemplar más grande medía sólo 90.5 milímetros de largo.

ASPECTO

En 1983, la investigadora yucateca Lizbeth Chumba Segura publicó un estudio sobre el pez ciego de los cenotes yucatecos en una colección universitaria sobre la «Fauna de los cenotes de Yucatán».

El aspecto de este habitante de las profundidades cavernosas, es, por demás, siniestro. En lugar de órbitas tiene sendos abultamientos de músculo y piel como única reminiscencia de un sentido que perdió porque no le servía en la completa obscuridad en que vivía.

Por esa razón, para suplir el sentido de la vista, el pez ciego de Yucatán desarrolló un sistema de orientación basado en cavidades sensoriales distribuidas alrededor de donde debieran de estar sus ojos, así como una serie de papilas pequeñas, terminaciones nerviosas, también sensoriales, que tiene esparcidas por su cabeza.

Su cabeza no tiene escamas y su frente está aplanada para facilitar el funcionamiento de su especial sentido de orientación. En los bordes de su amplia boca crecen pequeñísimas y finas barbas que también tienen función sensorial.

Sus músculos resaltan claramente a lo largo de su pequeño cuerpo, formando como especie de dunas en zig zag y paralelas sobre su piel. Sus aletas tienen numerosos radios o espinas, considerando su tamaño: en la dorsal se cuentan entre 76 y 83; en la ventral, de 59 a 64; en la caudal, entre 11 y 13, y en las pectorales, de 19 a 21.

El pez ciego de los cenotes de Yucatán tiene las aletas muy bien diferenciadas entre sí. Incluso, la aleta de su cola es independiente de las de su dorso y vientre, como los peces más evolucionados. Esto le permite un alto grado de coordinación en sus movimientos submarinos, «timoneando» con sus aletas el curso de su vida misteriosa.

Por vivir tan lejos de la luz solar, esta especie es de color blanco iridiscente, que se torna rosado cuando recibe directamente los rayos de luz. Sus crías, que nacen vivas y no en huevecillos, son de color blanco traslúcido con ligero tinte rosa.

DISTRIBUCIÓN

Restringido a los cenotes semicerrados y cerrados de cavernas y cuevas de la Península, el Typhliasina pearsei se encuentra principalmente en Yucatán, donde se ha observado en los cenotes siguientes: Noc Ac y San Isidro, municipio de Mérida; Tzab Nah, en Tecoh; Chelentún, Cuzamá; La Culebra y el Pochote, en Muna; Balancanché, en Tinum, y uno de Hoctún.

Las condiciones ambientales de los cenotes donde vive son estables, con aguas muy transparentes, temperatura entre los 22 y 26 grados centígrados y, sobre todo, absoluta oscuridad o, como suele decirse técnicamente, de luminosidad nula.

La densidad poblacional de esta especie es relativamente baja, además de que parece existir mayor proporción de hembras que de machos.

Las grutas de Balancanché, donde por primera vez se observó está criatura, están cerca de Chichén Itzá, a no más de cinco kilómetros al este, en el municipio de Tinum. El único acceso se abre a unos tres metros de la superficie, por donde se entra a un largo pasadizo orientado de Norte a Sur que topa con otro que corre de Este a Oeste.

En esa confluencia aflora el espejo de agua más grande de Balancanché, de transpariencia singular, cuya profundidad va de medio metro a 1.80 metros. Como muchos cenotes cavernosos, el sedimento de fondo es rico en materia orgánica, principalmente guano de murciélago, cuya capa alcanza los 30 centímetros de grosor.

Debido a que es un lugar turístico, las grutas cuentan en la actualidad con iluminación artificial, lo cual ha provocado la emigración de los murciélagos, importantes aportadores de materia orgánica al sistema acuático, que requiere del mismo para su funcionamiento, con lo cual tarde o temprano el desequilibrio será total.

La luz, consecuentemente, también ha ocasionado la migración de los peces ciegos a niveles más profundos del manto freático o agua subterránea. Esta situación, aunada a la depredación, es responsable de los bajos números en sus poblaciones actuales.

EXTINCIÓN

La contaminación ha llegado a ocasionar cambios importantes en presencia de peces en aguas transparentes de cenotes yucatecos, además de que, por ser la gran mayoría especies endémicas, se encuentran en grave peligro al no existir cuidado sobre la disposición de aguas de deshecho, que se filtran hacia los cenotes, contaminándolos.

Las aguas de los cenotes en la Península, como en general el agua del subsuelo, ha sido de vital importancia para el establecimiento de las poblaciones humanas en la región, pues, ante la ausencia de ríos, han sido precisamente los cenotes y los pozos las únicas fuentes de agua potable.

Sin embargo, la situación ha cambiado y actualmente no son pocos los cenotes que, por contaminación del agua subterránea que los alimenta, han dejado de ser útiles para el hombre, por lo menos en cuanto al consumo del agua.

Es así como la ausencia del pez ciego de Yucatán de su ya de por sí restringida distribución en los cenotes yucatecos resultará también un indicador del estado en que se encuentran las aguas que necesitamos para vivir.

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